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14/12/15

Pobres, viejos, enfermos e ignorantes

Esta noche, Mariano Rajoy y Pedro Sánchez darán otra vuelta de tuerca al bipartidismo. Alguien, seguro, dirá que no es culpa de ellos, pero nadie puede negar al menos que ellos se han avenido y que, por lo tanto, consienten en anclarse en el pasado. Allá ellos. Parece que cuanto más proclaman otros que la vieja política está acabada y que ni PP ni PSOE son capaces de ofrecer una nueva forma de hacer política, ellos se empeñan con más ahínco en hacer las trampas que tantos réditos les dieron en otros tiempos. Les pasará factura, más tarde o más temprano, pero les pasará factura. De Rajoy me lo esperaba, no se puede esperar otra cosa de un registrador de la propiedad, de un personaje anodino y mediocre. Pero de Sánchez no, debo admitirlo, de Sánchez no me esperaba que cayese en la trampa. Me sorprende que el mismo que quería renovar el PSOE para demostrarnos que también es un partido del siglo XXI, acabe sucumbiendo a la telaraña de la vieja política: pastosa, encorsetada, elitista y alejada de las personas. En eso, queridos amigos del PSOE, creo que Madina os hubiera ayudado mucho más.

En todo caso, ahora, de estos dos señores ya no espero nada nuevo. Las políticas timoratas de los gobiernos anteriores del PSOE no me prometen grandes cambios en el futuro. Volveremos a sentir las mismas frases y promesas a las que ya nos tienen acostumbrados desde hace más de treinta años. El PSOE siempre se ha mostrado preso del quiero-pero-no-puedo, de sucumbir a las altas políticas de salón mientras en las elecciones se ponían las cazadoras para prometer las mil y una revoluciones. En eso debemos admitir que Iglesias tiene algo de razón cuando les acusa. Tanto González como Zapatero consiguieron ilusionar a una buena parte del electorado y buena parte repitió con su voto convencido que más tarde o más temprano llegaría un cambio real. Pero los pobres, en el mejor de los casos, siguieron siendo pobres en ambas ocasiones. Incluso alguno que no lo era se vio engullido por la pobreza gracias a ellos.

Pero del PP sí que no puede haber duda. Hoy en día, nadie puede dudar que para el Partido Popular nosotros solo somos un voto que hay que cuidar quince días cada cuatro años. Nos mienten descaradamente con promesas que jamás llegan a cumplir para beneficio de los de siempre. A estas alturas, pocos pueden dudar que el PP nos quiere pobres, viejos, enfermos e ignorantes. Así de radical lo digo. Pero es que, si miro a mi alrededor, cada vez veo a más pobres, más viejos, más enfermos y más ignorantes. Comienzo por lo último. Ignorantes porque el PP ha embestido con una reforma de la enseñanza donde se han primado los intereses de una clase privilegiada -y, por cierto, con el voto en contra de todas las demás formaciones políticas: se ha potenciado con mucha sutileza la enseñanza privada, una enseñanza cara y privativa para gran parte de la población; se ha privilegiado una enseñanza dogmática y acrítica como es la religión; se ha ninguneado el papel de las humanidades; se ha recortado en becas para entorpecer el acceso de los más pobres a la enseñanza universitaria. Sigamos. Nos quiere enfermos porque: gracias a sus recortes, las listas de espera en sanidad son interminables; se ha recortado la plantilla de médicos y enfermeros; se han privatizado servicios; se ha denegado medicación a enfermos necesitados o terminales. Nos quieren viejos porque: cada vez quedan menos jóvenes entre nosotros; los que están bien formados, aquí no encuentran nada de nada, sin futuro, y los que no están tan formados, deben huir igual si quieren sobrevivir; nunca antes ha habido tantos camareros en Alemania o Reino Unido, camareros que soñaron con ser ingenieros, historiadores, sociólogos, químicos, periodistas o biólogos. Y pobres porque somos más pobres gracias a sus políticas. Que nos os mientan, nunca han deseado que saliéramos de la pobreza y nos han abandonado a nuestra suerte con mil y una excusas. Pobres, viejos, enfermos e ignorantes, así nos quieren. Pero aún hay que votar, aún hay esperanza en levantar la voz de la dignidad. Perdamos los miedos.

10/4/15

Dimitir por dignidad o por vergüenza

Dimitir no está de moda, dicen, pero yo creo que no es cierto, creo más bien que dimitir nunca ha sido una opción en la vida política española. A pesar de que son muchos los casos en los que es reconocible la incapacidad de algunos de nuestros políticos para gestionar lo público, nunca parece que ellos puedan contemplar la dimisión como una opción. No sé si es una herencia que arrastramos desde el oscuro pasado, cuando los cargos eran prácticamente vitalicios por la gracia de Dios, o es que sencillamente aún no hemos comprendido en qué consiste la responsabilidad democrática. Sea como fuere, es del todo vergonzoso y por supuesto absolutamente indignante que algunos de los más conocidos políticos de este país se mantengan en la vida pública como si tal cosa, a pesar de las muchas tropelías que se han cometido en sus alrededores o de los desaguisados que ellos mismos han protagonizado. ¿Se acuerdan de los indignados? Pues si no es así, no deberíamos habernos olvidado de ellos y, además, deberíamos haber mantenido el mismo grado de indignación viendo la desfachatez con la que se pavonean muchos de esos políticos saltando de cargo en cargo como si el ruido no fuera con ellos.

16/2/15

Derecha, izquierda y el limbo

Escucho con demasiada insistencia a muchos de nuestros políticos intentando deshacerse de las "viejas etiquetas" o de las "etiquetas de la vieja política", como ellos las llaman, es decir, de aquellas categorías que hasta hace bien poco nos ayudaban a ordenar la geografía de las ideas políticas. Izquierda y derecha son conceptos que ahora parecen condenados al emborronamiento y a esa labor se dedican muchos de nuestros políticos con el argumento de mirar hacia un futuro desideologizado, aunque me da en la nariz que más bien buscan una ocultación interesada con la vista puesta en la caza de votos. Sin embargo, no creo que sea tan fácil deshacerse de las etiquetas sin olvidarse de los principios y, en todo caso, me niego a aceptar que el discurso político y las viejas categorías deban quedar enterradas bajo la manipulación del márqueting, el desinterés ideológico o la pura ignorancia política. La ideología es mucho más que una simple significación, la ideología es reflexión sobre los fines y los medios, y sin reflexión, ¿qué es la política?